Thursday, September 08, 2005

Islandia

¿Qué conocía yo de este país? Bien poco: su situación geográfica, el nombre de su capital y que Björk nació allí. ¿Qué supe después de visitarlo durante ocho días?. Poco más… Nunca había vuelto de un país tan confundido como lo hice de la tierra de hielo y fuego.

Islandia es un país de fuertes contrastes donde uno parece hacerse una idea de lo que allí acontece cuando de repente se encuentra con situaciones absolutamente opuestas a las vividas hasta el momento.

La primera toma de contacto con el país tiene lugar en su capital, a donde llegan todos los vuelos internacionales y que poco o nada tiene que ver con las demás capitales escandinavas en lo que a arquitectura se refiere.

Reykjavik es una ciudad costera de algo menos de 200.000 habitantes que no comparte el concepto de centro histórico turístico y suburbios dormitorio con el resto de ciudades europeas.
A pesar de ser un país extremadamente rico y por tanto carísimo, las casas del centro de su capital (y de la gran mayoría de Islandia como descubriría más adelante) están cubiertas de láminas de metal corrugado (uralita, vamos) pintadas de los más variopintos colores y castigadas por las inclemencias meteorológicas por lo que a uno le parece encontrarse de repente en los barrios menos recomendables de su ciudad natal.

¿Y Björk vivía en una de éstas? me preguntaba yo mientras deambulaba por las calles pasando completamente desapercibido debido a mi apariencia nórdica. Intuí que la respuesta debía ser que sí cuando empecé a ver el tipo de gente que entraba y salía de las mismas y el ambiente general de la zona, que nada tenía que ver con el que encontraría en un barrio de arquitectura semejante en mi ciudad.

Chicos y chicas de entre 25 y 35 años, de físico espectacular (y más así me parecía a mí que ahora mismo vivo en el país de los feos), aspecto sanote y atuendos de lo más cool, pueblan el distrito centro de Reykjavik (conocido como 101), donde parece concentrarse toda la actividad joven de la ciudad.Entre estas casitas multicolores encontré cafés y bares modernitos muy acogedores, puestos con un gusto estupendo y unas ideas de lo más original, estrechas callejas cubiertas íntegramente del más limpio graffiti y pequeños patios donde diseñadores islandeses regentan varios locales en los que exponer y vender sus creaciones.

Dentro de estos patios visité algunas tiendas de ropa de segunda mano decoradas con obvios detalles kitsch (estampitas de la virgen y carteles de la feria de Málaga de hace 35 años) mezclados con pósters de Star Trek, Pippi Calzaslargas y portadas de cómics antiguos de Marvel. Una decoración extrañamente heterogénea que de alguna manera funcionaba a las mil maravillas creando auténticos museos retro.

Al partir de las nueve más o menos, los comercios y cafés, encargados de mantener el centro activo durante el día, dan el relevo a los pubs y clubs. Éstos ofrecen música en directo y sesiones de djs hasta la una entre semana y hasta las seis los viernes y los sábados lo cual supera con creces la hora media de cierre escandinava y europea en general, haciendo que la vida nocturna de Reykjavik haya pasado a formar parte de la fuerte promoción turística que se está llevando a cabo sobre el país.

Pero en cualquier caso, ni cafés, ni bares, ni pubs, ni clubs son los puntos de reunión habitual de los islandeses. Éstos son las piscinas.

No estoy hablando de simples piscinas cubiertas (como imagino estareis pensando) sino a complejos al aire libre que suelen incluir varias piscinas de diferentes tamaños, cuyas temperaturas van desde 30 a 45 grados, y saunas. De este modo, entre muchos otros, aprovechan los islandeses la actividad geotérmica de su país y los manantiales de calientes aguas subterráneas que ésta genera.

En Reykjavik hay en torno a una decena de estos complejos y abren desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche ininterrumpidamente durante todo el año de ahí que los islandeses pasen mucho tiempo al aire libre conservando un aspecto tan saludable a lo largo de éste.
El precio medio de entrada a estos sitios suele ser 250 coronas islandesas (unos 3,5 euros) que es lo que allí cuestan dos litros de leche, media pinta de cerveza o tres postales.

Aquí encontré el lugar idóneo donde mezclarme con los lugareños, participar de sus costumbres y charlar con ellos.
Realmente muy poca gente nada. La mayoría se sienta en corro a conversar dentro del agua, alternando esto con visitas cortas a la sauna y duchas frías. Todos los islandeses que conocí en las piscinas fueron muy agradables y se mostraron siempre interesados en hacerme saber acerca de su historia, su economía y su cultura, en un inglés perfecto.

Reykjavik no tiene mucho que ofrecer a parte de su interesante centro y sus iglesias minimalistas de diseños realmente inusuales por lo que, siguiendo el consejo de sus gentes, pasé a recorrer el resto del país tomando la carretera circular que bordea toda la costa.

En mi camino encontré una variedad pasmosa de paisajes que tenían, sin embargo, una característica común: producir una extraña sensación de fuerte desasosiego y exposición total a fenómenos naturales que sólo había conocido hasta entonces en los libros de ciencias naturales.

Caminé por llanuras semidesérticas humeantes donde apestaba a azufre y en las que sólo se escuchaba el burbujear del agua hirviente de las pequeñas pozas que salpicaban el terreno. Me sentí terriblemente inseguro al ver el agua de las mismas salir propulsada varios metros hacia arriba debido a repentinas presiones y cambios de temperatura que acontecían bajo mis pies. Ví decenas de glaciares que a todas luces parecían enormes ríos estáticos de hielo bajando entre montañas hacia mí. Estuve al pie de cataratas increíblemente estridentes donde nadie a menos de medio metro de tí conseguiría escucharte por mucho que gritaras. Conduje atravesando interminables desiertos de lava y musgo sin cruzarme con otro coche durante decenas de kilómetros. Anduve rodeando el cráter de un volcán y contemplé la más espectacular ruptura del silencio absoluto estando en un lago glaciar de agua azul eléctrico atestado de icebergs, cada vez que la punta de alguno de ellos se desprendía cayendo al agua como si alguien tirara una lavadora desde un segundo piso a una piscina.

Islandia no es el país al que ir a relajarse con paisajes idílicos y pajaritos cantando, ni donde deleitarse con arquitectura clásica, ni donde descansar o tratar de dejar la mente en blanco unos días. Islandia inspira, desconcierta, molesta, te recuerda que la tierra no es sólo donde pones los pies y las constructoras hacen dinero sino que ésta está viva y furiosa, fría y caliente y que tiene infinidad de maneras de hacértelo saber.